Muchas personas tienen obsesión por las riquezas. Computadoras portátiles, televisores digitales, celulares, autos deportivos, ropa de marcas muy costosas… todas estas cosas “buenas”. Estas cosas no son en realidad malas, pero pueden convertirse en una fuente de falsa seguridad y orgullo con mucha facilidad.
El mismo peligro surge con el dinero. Es fácil obsesionarse con el dinero, con las acciones, disfrutando del placer de las ganancias y haciendo crecer cada vez más una cuenta de miles de dólares. ¿Recuerdas cuando tu primer sueldo parecía tan valioso y abundante? Quizás ahora no estés tan satisfecho. ¿Te gustaría obtener un incremento substancial y acceder al próximo nivel de la montaña de dinero?
La vida es un viaje. Nunca sabemos los que habrá detrás de la curva, del otro lado de cada bosque, o qué habrá cruzando el río. Jesús enseñó a sus seguidores a viajar con liviandad, llevando consigo solo lo que necesitaran para la travesía. Él les recordó que debían concentrarse en el divino amor de Dios. Les proveyó una riqueza incomparable en vez de las posesiones del mundo. Este amor es tan brillante que hace que todo palidezca frente a Él. El materialismo, por otro lado, es un bagaje que al final solo sirve para hacer el viaje más complicado.


