
Son tantas las parejas que duermen en la misma cama y comparten la misma casa, pero que por dentro están distanciados porque han levantado una muralla de resentimientos entre sí. Los ladrillos de esta pared pueden ser muy pequeños – un aniversario olvidado, un malentendido, una reunión de negocios que tenía prioridad sobre una excursión familiar planeada tiempo atrás. Las mujeres se erizan cuando sus maridos tiran la ropa al piso en vez de echarla en el canasto, y a los maridos no les cae bien que sus esposas les recuerden que ellas también han estado trabajando todo el día.
Muchos matrimonios se salvarían sencillamente con darse cuenta que los seres humanos somos imperfectos. Con demasiada frecuencia se presume que en un “buen” matrimonio no hay discusiones ni desacuerdos. Pero ésta es una ilusión. La imperfección humana hace que cometamos errores y nos hiramos uno al otro, muchas veces sin quererlo ni saberlo.
La única solución garantizada, infalible, es el perdonar –hasta setenta veces siete en un día si es necesario– y orar.
Sin orar juntos a diario, las innumerables tensiones que forman parte de todo matrimonio siguen fermentando lentamente, sin necesidad alguna. En cambio, una vida de oración activa mantiene a la pareja enfocada en Dios, y así protege su unidad. C. S. Lewis escribe:
Perdonar las continuas provocaciones de todos los días, seguir perdonando a la suegra mandona, al marido tirano, a la esposa regañona, a la hija egoísta, al hijo mentiroso, ¿cómo podemos lograrlo? Únicamente, creo yo, recordando nuestra propia situación, y tomando en serio la oración diaria: “Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” Ésta es la única condición bajo la cual se nos ofrece el perdón. Rechazar el perdón es rechazar la misericordia de Dios para con nosotros mismos. No hay excepciones, ni por asomo. Lo que Dios dice, lo dice en serio.
Aun cuando se haya perdonado a alguien que realmente nos ha herido, ¿acaso no es humano que uno siga indignado por lo que le han hecho? Es una pregunta difícil; pero quizás el problema consiste no tanto en el perdón mismo, sino más bien en nuestros esfuerzos por mantener un sentido de justicia humana.
Johann Christoph Arnold