Si no quieres ser desolada por el desánimo, entonces no pienses en tus desilusiones. ¿Sabías que tus sentimientos están ligados a tus pensamientos? Si no crees que esto es cierto, solo toma veinte minutos y piensa nada más que en tus problemas. Te aseguro que al final de esos veinte minutos tus sentimientos — y hasta tu semblante — habrán cambiado. Té sentirás deprimida, airada o molesta. Pero tu situación no ha cambiado en lo absoluto.
Por eso es que puedes ir a la iglesia, cantar himnos, escuchar sermones y entonces salir con el mismo espíritu negativo y la misma perspectiva con la que saliste de tu casa. Es porque te sentaste en la iglesia y te pusiste a pensar en tus problemas y no en el Señor.
¿Con quién confraternizas?
¿Confraternizas con Dios o con tus problemas?
Una mañana me levanté con mi mente llena de pensamientos acerca de mis problemas. De repente el Espíritu Santo me habló y supe por el tono de su voz que estaba molesto conmigo. Me dijo: “¿Joyce, vas a confraternizar con tus problemas o conmigo?”. Entonces Él continuó diciéndome lo que le estoy diciendo a usted: No medite en sus desilusiones. A veces eso es un poco difícil entender esto porque el diablo trata fuertemente de hacernos pensar que somos los únicos que tenemos una situación tan difícil. Eso no es verdad.
Una vez alenté a mi hija de gran manera porque me senté con ella y le compartí lo que mi vida había sido desde los dieciocho hasta los veintitrés años de edad. Cuando terminé de hablar ella se sintió bendecida por la vida que había tenido. Como a todos los demás, a ella le habían sucedido cosas inoportunas una que otra vez, pero por años y años mi vida fue un largo y terrible desastre.
Por ejemplo, le dije que para la época en yo tenía dieciocho o diecinueve años de edad me encontré muchas veces sentada en una casa de alojamiento en Oakland, California, tres mil millas lejos de mi casa, sin automóvil, sin televisión, sin teléfono y sin nadie para cuidarme. Le conté que todas las noches me sentaba a escribir poemas tristes y tenía lástima de mí misma. Al día siguiente me levantaba y me iba a trabajar, solo para regresar a lo mismo. “Gracias a Dios que tienes una buena familia, un buen trabajo, un buen hogar y un buen automóvil”, le dije, “porque yo no tuve nada de esas cosas”. Cuando terminé de contarle mi historia, ella se sentía alentada y entusiasmada con sus futuros planes y prospectos.
Por eso es que puedes ir a la iglesia, cantar himnos, escuchar sermones y entonces salir con el mismo espíritu negativo y la misma perspectiva con la que saliste de tu casa. Es porque te sentaste en la iglesia y te pusiste a pensar en tus problemas y no en el Señor.
¿Con quién confraternizas?
¿Confraternizas con Dios o con tus problemas?
Una mañana me levanté con mi mente llena de pensamientos acerca de mis problemas. De repente el Espíritu Santo me habló y supe por el tono de su voz que estaba molesto conmigo. Me dijo: “¿Joyce, vas a confraternizar con tus problemas o conmigo?”. Entonces Él continuó diciéndome lo que le estoy diciendo a usted: No medite en sus desilusiones. A veces eso es un poco difícil entender esto porque el diablo trata fuertemente de hacernos pensar que somos los únicos que tenemos una situación tan difícil. Eso no es verdad.
Una vez alenté a mi hija de gran manera porque me senté con ella y le compartí lo que mi vida había sido desde los dieciocho hasta los veintitrés años de edad. Cuando terminé de hablar ella se sintió bendecida por la vida que había tenido. Como a todos los demás, a ella le habían sucedido cosas inoportunas una que otra vez, pero por años y años mi vida fue un largo y terrible desastre.
Por ejemplo, le dije que para la época en yo tenía dieciocho o diecinueve años de edad me encontré muchas veces sentada en una casa de alojamiento en Oakland, California, tres mil millas lejos de mi casa, sin automóvil, sin televisión, sin teléfono y sin nadie para cuidarme. Le conté que todas las noches me sentaba a escribir poemas tristes y tenía lástima de mí misma. Al día siguiente me levantaba y me iba a trabajar, solo para regresar a lo mismo. “Gracias a Dios que tienes una buena familia, un buen trabajo, un buen hogar y un buen automóvil”, le dije, “porque yo no tuve nada de esas cosas”. Cuando terminé de contarle mi historia, ella se sentía alentada y entusiasmada con sus futuros planes y prospectos.




