El estar reconciliado con Dios y ser aceptado ante Él por medio de Jesucristo (vea 2 Corintios 5:21) es un privilegio maravilloso y una bendición. ¡Sólo piénselo! Nunca más tenemos que tener miedo o sentirnos avergonzados y condenados, cuando tratamos de orar y tener comunión con Dios. Podemos acercarnos al trono de Dios con valentía, sin reservas, y con tanta frecuencia como elijamos. Dios nos ama y nos recibe con los brazos abiertos. A Él le encanta escuchar nuestras peticiones y obrar en nosotros para llevarnos a la plenitud de su voluntad.
Muchas personas se sienten mal consigo mismos, no bien. Antes de aceptar a Jesús como Salvador, no podemos hacer nada sino sentirnos mal, porque muchas cosas en nosotros están mal. Decimos cosas malas, tomamos malas decisiones, hacemos cosas malas y nos comportamos de mala manera hacia otras personas. Pero por medio de Cristo, somos reconciliados con Dios y hechos aceptos en Él. Todavía hacemos cosas equivocadas, pero la justicia es satisfecha en Jesucristo, quien pagó la deuda que nos pertenecía y se transformó en el sacrificio final por nuestros pecados.
Muchas personas se sienten mal consigo mismos, no bien. Antes de aceptar a Jesús como Salvador, no podemos hacer nada sino sentirnos mal, porque muchas cosas en nosotros están mal. Decimos cosas malas, tomamos malas decisiones, hacemos cosas malas y nos comportamos de mala manera hacia otras personas. Pero por medio de Cristo, somos reconciliados con Dios y hechos aceptos en Él. Todavía hacemos cosas equivocadas, pero la justicia es satisfecha en Jesucristo, quien pagó la deuda que nos pertenecía y se transformó en el sacrificio final por nuestros pecados.


